Para llegar a Watamula Hole hay que dirigirse hasta la punta noroeste de Curaçao, más allá del pueblo de Westpunt, por un camino de tierra que atraviesa una vegetación baja y espinosa. El último kilómetro es irregular, con baches que pueden sorprender después de la lluvia, pero la mayoría de los vehículos lo superan sin problema si se conduce despacio.
Una vez allí, el paisaje cambia radicalmente respecto al tranquilo sur de la isla. Los acantilados calizos son abruptos, el viento sopla fuerte y el mar golpea la roca con un sonido sordo. Ahí se encuentra el agujero, ese pasaje excavado por siglos de erosión marina, donde el agua se cuela y a veces sale disparada en chorros, como si la isla respirara. Un poco más allá, una grieta más discreta deja escapar un soplido sordo que algunos llaman el aliento de la isla.
El suelo está formado por roca coralina cortante e irregular, así que es imprescindible llevar calzado cerrado y resistente, las sandalias no bastan aquí. No hay sombra ni agua en el lugar, así que conviene llevar agua y sombrero. Hay que mantener la prudencia cerca de los acantilados, especialmente cuando el mar está agitado.
Este rincón de la punta norte conserva algo salvaje y auténtico, lejos de las multitudes: uno de los pocos lugares donde literalmente se puede oír a Curaçao respirar.