Conduciendo hacia Sint Willibrordus, en Banda Abou, al oeste de la isla, se bordea la salina de Jan Kok, un antiguo sitio de explotación de sal convertido en hábitat natural para los flamencos. Una pequeña pasarela de madera lleva a un puesto de observación situado justo al borde de la carretera, sin entrada ni barrera, solo el agua salada y poco profunda donde las aves hunden el pico para buscar alimento.
Los flamencos viven aquí todo el año, aunque su número varía según la temporada y el nivel del agua. El mejor momento sigue siendo temprano por la mañana o al final de la tarde, cuando la luz rasante resalta el rosa de su plumaje y el calor del día aún no los ha hecho retirarse. Al fondo se alza la iglesia de Sint Willibrordus, que domina el paisaje y da a la escena un marco bien arraigado en este pueblo, también apodado Williwood.
En cuanto a lo práctico, conviene llevar prismáticos o un teleobjetivo: las aves mantienen las distancias, y el puesto de observación, algo desgastado por los años, no acerca tanto como uno esperaría. Permanecer en silencio y no aventurarse en la salina evita asustarlos, lo que permite disfrutar más tiempo del espectáculo.
Una parada de unos minutos basta a veces para recordar largo tiempo esta imagen: una línea de puntos rosados inmóviles en el espejo de agua salada, sin un solo ruido alrededor.