El mercado flotante de Willemstad ocupa el muelle de Sha Caprileskade, en el barrio histórico de Punda, a pocos minutos a pie del puente Queen Emma. El nombre engaña un poco: no son los puestos los que flotan, sino los pequeños barcos de madera amarrados justo detrás, llegados de Venezuela con su cargamento de fruta, verdura y pescado fresco.
Este comercio entre los dos países existe desde hace un siglo, sostenido por familias venezolanas que hacen la travesía y a veces se quedan varias semanas en Willemstad, durmiendo a bordo de su embarcación. El cierre de la frontera marítima entre Venezuela y Curaçao, en 2019, había hecho desaparecer los barcos del muelle. Desde la reapertura, el mercado ha vuelto a la vida, con menos embarcaciones que antes pero con una actividad muy real cada mañana.
En 2025, el municipio reordenó el muelle de Sha Caprileskade para separar claramente el espacio reservado a los vendedores del destinado a los peatones, facilitando la circulación entre los puestos y el borde del agua.
El mejor momento para acercarse sigue siendo la mañana, cuando los barcos acaban de llegar y los colores de las papayas, plátanos y cítricos aún están frescos bajo las lonas. Se viene tanto por el ambiente como por los productos: regatear unas palabras en español con un vendedor ya es una forma de sentir cuánto siguen unidos Curaçao y Venezuela, a solo unas millas de mar de distancia.