Es imposible llegar a Klein Curaçao si no es en barco. Cuente entre una hora cuarenta y cinco y dos horas de travesía desde Curazao, rumbo sureste hacia este islote deshabitado, y el oleaje puede hacer la ida algo movida. La recompensa llega al fondear: un agua turquesa tan transparente que se ve el fondo, y una larga playa de arena blanca que no pertenece a nadie.
Ya en la isla, dos siluetas llaman la atención. Un faro abandonado, al que se puede llegar a pie, sigue vigilando la costa. No lejos, a barlovento, se alzan pecios varados en la arena, entre ellos un gran carguero atrapado allí desde los años ochenta y un velero más discreto un poco más allá. Entre ambos, momento de ponerse máscara y tubo: las tortugas marinas se dejan ver con facilidad en las aguas que rodean la isla.
Klein Curaçao no tiene ninguna infraestructura permanente. Sombra y comidas dependen por completo del operador elegido; Mermaid, BlueFinn y algunos más organizan la jornada con palapas, desayuno y almuerzo a bordo o en la isla. Las plazas vuelan, a menudo completas varios días antes de la salida: reserve pronto.
Lo que más impresiona, una vez allí, es el silencio. Sin coches, sin pueblos, solo el viento, la arena y un pecio oxidado que mira el horizonte desde hace cuarenta años.
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