Para llegar a Daaibooi hay que pasar el pueblo de Sint Willibrordus y su iglesia color melocotón, y seguir la carretera que serpentea entre las colinas hasta el estacionamiento gratuito frente a la bahía. La playa en sí se abre en una cala protegida, rodeada de acantilados, cuyas aguas turquesas y tranquilas la convierten en un lugar seguro para nadar en familia.
Es sobre todo los fines de semana cuando Daaibooi cobra vida de verdad. Las familias curazoleñas se reúnen aquí con hieleras, sillas y a veces hasta su propia parrilla, una costumbre que esta playa permite, a diferencia de otros sitios más turísticos de la isla. El ambiente es amigable, con música que llega desde el pequeño puesto de comida junto al estacionamiento.
A lo largo de las rocas que bordean ambos lados de la bahía se esconde lo mejor del snorkel local: peces de colores, corales y, con algo de suerte, una tortuga marina que se acerca a la orilla para alimentarse. El centro de la cala se mantiene poco profundo durante un buen trecho, así que conviene nadar hasta las rocas para que el espectáculo empiece de verdad.
Se puede alquilar una tumbona o una sombrilla en el lugar, pero las palapas de hojas de palma repartidas por la arena siguen siendo gratuitas para quien llegue temprano. La señal más clara de que se ha encontrado el lugar correcto son los pequeños pájaros amarillos que revolotean en grupo cerca del puesto de comida, atraídos por los restos de alimento dejados en un árbol cercano.
Vas a necesitar coche
La mayoría de las mejores playas están a al menos 45 minutos de Willemstad. Alquilar un coche no es opcional.