Primero hay que subir. Una cincuentena de escalones tallados en la roca caliza llevan hasta la entrada de las cuevas, al norte del aeropuerto de Curaçao. El esfuerzo se recompensa enseguida con una brisa caribeña y una vista despejada del parque y la pista de aterrizaje más abajo. Ahí, en ese muro de coral fosilizado, comienza una de las visitas familiares más apreciadas de la isla.
En el interior, un guía acompaña al grupo durante unos 45 minutos por varias salas donde las estalactitas y estalagmitas han tomado, con el paso del tiempo, formas que han inspirado apodos locales como el Gigante Dormido. Una colonia de murciélagos ocupa una de las cámaras más profundas, un recordatorio de que la cueva sigue siendo, ante todo, un lugar vivo. Los pasillos están iluminados y equipados con barandillas, lo que facilita el recorrido incluso para los visitantes más pequeños.
En el exterior, el sendero de los Indios serpentea entre la vegetación seca típica del norte de la isla y permite observar petroglifos grabados por los caquetíos, los primeros habitantes de Curaçao, hace unos 1500 años. Estas grabaciones, discretas sobre la roca caliza, hablan de una presencia humana mucho anterior a la colonización.
Lo que más llama la atención es el contraste entre el calor del sendero exterior y el frescor relativo de la cueva, ventilada de forma natural por un pozo en la roca. Un recordatorio de que bajo los pies de quienes visitan Curaçao duerme todo un mundo moldeado por el agua durante cientos de miles de años.
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